jueves, 22 de septiembre de 2011

polaroids porteños

Esa música, ese tango, ese ser nacional, local o urbano.

Esas pasiones encontradas, ese ritmo frenético, ese lunfardo, esa identidad, que no nos deja huir…

Buenos Aires, la del acento rítmico y sonoro, la de muchos colores y matices, la cosmopolita y multifacética, la que es siempre nueva pero que mastica años de historias profundas.

Buenos Aires, donde Dios tiene oficina, siempre lista y siempre impredecible. La organizada en su caos y colapso del transporte.

La que no se calla sus desacuerdos, la que pelea por sus convicciones y su bolsillo.

La de los pibes de la esquina y el asado en un jardín lleno de mosquitos. La de las paredes con ineludibles manchas de humedad.

La del mate a la tarde y el fútbol en un pasaje en Villa del Parque. La del restorán caro con gente pituca que sólo conoce dos barrios. La del graffitie en las paredes y la de los artistas inspirados en Phs al fondo. La del vino un jueves y la milonga un martes. La del tránsito en Avenida Córdoba a las 3 am.

Dueña de oscuras contradicciones y misterios de amor, de muerte, de inmigrantes y emigrados, de héroes, de arbolitos y chantas. Se comunica con cantitos futboleros y es testigo a diario de abrazos que quitan el aliento.

Buenos Aires, que ata y desata, que ama y odia, te suelta y te sube a lo más alto para dejarte caer con ruido. Te hiere y te deja cicatrizar, para que te mires la marquita y no la olvides.

La que me hizo la vida imposible, me expulsó y me llamó a gritos.

Ahí nací y ahí amé. Viví, sentí, soñé. La extrañé y dejé mil veces, sin saber si volvería, pero con la convicción interna de que sí.

La imaginé vacía y distante. Con smog y con atardeceres en las vías tercermundistas del tren de Devoto.

Ahí me inspiré y volví a llorar. De tristeza, de alegría y por amor.

Ahí te escribí cuando te fuiste. Ahí, donde dejaste un cartel de “se alquila” en un piso 7 en Palermo y un pisco a medio tomar en Caballito.

Ahí mismo, donde siempre te va a esperar en alguna esquina, una mesa de madera gruesa y agrietada, un cortado en jarrito, todo lo que nunca te dije, y un nudo en la garganta.

sábado, 1 de enero de 2011

Brillo

Princesa frágil. Glamorosa. Tendiente a tocar fondo. Cómica. Abierta. Espontánea. Artista. Inocente. Hermosa.

Una eterna niña que sueña con el príncipe azul. Admiradora de buenos momentos, gente linda, proper outfit y belleza animal. Vivió una vida sin mayores sobresaltos aparentes. La realidad la obligó a reinventarse mil veces.

Viste la seguridad que no posee, y está dispuesta a entregarlo todo si lo considera de ayuda.

Me sostuvo cuando apenas se sostenía a sí misma. Me devolvió la inspiración perdida. Paseamos, nos reímos, lo imaginamos, lo conversamos, lo volvimos a imaginar.

Un día me dijo que lo había decidido. Que el momento había llegado. Brillo iba a dejarlo todo en pos de cumplir el gran objetivo de su vida. Brillo iba a volver a nacer.

Para no fallar a mi inexorable deber, le dije que la acompañaba hasta donde llegara. Así fue que emprendimos el comienzo de un viaje que quizás sería el último. O el comienzo de lo último. O lo último de lo primero.

Cazamos las mochilas y empezamos a caminar. Los nuevos cielos me permitieron ser testigo de su paulatina transformación. Brillo se abrió a los corazones y descubrió nuevas mañanas, atardeceres e inspiraciones. Caminó por la Quinta Avenida, terminó con su look rapunzel y se tatuó (varias veces). De a poco voló y creó su maravilloso imperio textil. Regaló colores, arte, imaginación. Creó, imaginó y construyó. Aportó nuevos matices a este mundo. Lloró, gritó y nos abrazamos fuerte. Pude ser testigo de la auto reconstrucción de un ser humano sin maldad en su interior.

Brillo, tanto cemento a veces quiere hacernos olvidar el porqué de todo esto. Si es que alguna vez le vislumbramos la punta del dedo meñique. Es loco como no nos damos cuenta, pero ahí está. O estamos, o llegamos. Llegamos, gorda. Lo vamos a hacer.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

reloaded-

“yo te puedo ayudar con economía”, fue la frase a la que decidió recurrir para inaugurar su reaparecimiento.


Efectivamente, nunca llegó a colaborar con mi causa económica, pero sí con el amoblamiento de mi flamante living, con una recorrida culinaria y con llamados al abandono de mi zona de confort.

Me llevó a pasear, me cocinó, me habló una vez más de sus problemas existenciales. “Claro, quizás por eso nunca tuve hijos” me decía irónicamente, sin reparar en que mi rol no era el de contención de padres frustrados.


Se dio cuenta mucho antes que yo que la cosa no andaba, aunque no dejase de importarle, por alguna razón desconocida en su –a veces no totalmente controlable- interior.

“Estás hecha toda una mujer” declaró, mientras sacaba la cuenta de los años que llevábamos conociéndonos. “y ya sé que me estoy poniendo viejo, soy totalmente conciente de eso”.

No podía abandonar “su mundo”, ese, en el que estaba convencido que estaba bien, a pesar de sus esporádicos desencuentros consigo mismo.


Aquella noche de cervezas frustradas y devolución de efectos personales me contó, sin contarme, cuál era su objetivo en todo esto. Hablamos de esperanza, y de que otra concepción de mundo era posible. Hablamos de poder, de control, de universos. Entender como funciona esto, eso es lo que hago, me explicó una vez más. Sin embargo, lo que nunca terminé de entender era por qué mierda le gustaba Michael Jackson.

Se preguntó qué carajo hacía hablando en ese momento y a esa hora de esas cosas. Doble v no podía alejarse de su querido y difícilmente olvidable estado fallido. Aunque intentara taparlo, era parte de su ser, de su estructura, de su razón de vivir.

Me recordó que le gustaba que le hiciese cucharita. Me despidió en la puerta de su casa, donde casi nada era suyo. Es que un día decidió alejarse de la identificación con los objetos. No dijo nada. Me observó irme, con una extraña sonrisa dibujada entre sus inacabables reflexiones.


Y ya no nos debimos más nada.

martes, 6 de julio de 2010

Quereme así, piantada. (piantada, piantada)


El viento pre tormenta estremecía hasta el último rincón de su ser. Sintió a todo humano circundante huir de lo que se venía. Sintió como cada gota iba golpeándole el cuerpo y las ideas. Sintió a las hojas de los árboles moverse al ritmo de sus latidos. Sintió a sus lágrimas mezclarse con la lluvia, hasta formar un solo curso. Cerró los ojos, para mimetizarse con el más cercano efecto de la naturaleza en pleno desierto de artificialidad. Sola.

Abrió los ojos y lo vio. Vio cómo la miraba, casi estremecido, mientras el agua por poco les lavaba los pensamientos.
¿Y vos qué hacés acá?
Vine porque él me lo pidió. Quiero escuchar tu historia.

Y así comenzó:
Las nochecitas porteñas tienen ese qué se yo, viste? Salgo del trabajo por Defensa protegiéndome de la humedad, lo de siempre en la calle y en mí, cuando de repente, detrás de Mafalda, aparece él. O su imagen congelada en mi mente.

Mezcla freak de penúltimo bohemio anti-hippie, anti-sistema, aburguesado, amasando panza de casado con pasajero en el irrealizable viaje al otro lado del mundo. Parece que sólo yo lo veo, porque camina entre la basura, las luces amarillentas le titilan, los árboles lo saludan, los pájaros le guiñan y los autos lo ignoran. Se acerca a mí y así, medio viajando, medio volando y medio soñando, se saca la capucha, me regala un chocolate con menta y me dice:
Yo también me tiraría encima tuyo.

Esperaba que me dijeras eso. O sabía que me lo dirías, que para el caso es lo mismo.
Seguís igual de loca. Decime algo nuevo por favor. Para mantenimiento de statu quo por lustros ya estoy yo.

A vos te vi tan triste.
Es que tanto cemento a veces quiere hacerme olvidar el porqué de todo esto. Si es que alguna vez le vislumbré la punta del dedo meñique.

¿Qué nos cambió? ¿Qué nos preservó de esta manera?

Vení, volá, sentí, el viejo nuevo mundo que traje para vos.

Y así la loca lo invitó a subirse a su graffiteada van, a recorrer su ilusión supermetafórica. Se fueron a andar los adoquines, las velas chorreadas y las Heineken excesivas. Los taxistas los aplauden: ¡Viva, viva! Dos locos que reencontraron el amor.

Vení, flaco, vení, abrite los retorcimientos que podemos intentar la trágica locura total de revivir. Reconstruir. Resentir.

Pensé que íbamos a conversar más, pero no pude. Quizás otro día me muestre más como soy, y hablemos de cosas importantes.

Y se volvió a ir. O yo me volví a ir. O ambas.

Entonces regresé al lugar donde todo comenzó. A llorar mi mañanita botánica a la espera de un salvavidas que nos ayude a volver a reconocernos.

Gracias por relatarme, flaca. Pazienza ci vuole tempo… ma il tempo forse sia soltanto la confermazione di quello che già sapevi da prima, da sempre. Se lo voy a decir al flaco.

Deciselo, total. Ya lo sabe.

domingo, 30 de mayo de 2010

Jezz

“Sí… pero allá son más fríos”, escuché decir muchas veces. Como un consuelo a la propia realidad, como una declaración de principios, como una sentencia irrevocable.

Cuando la conocí pensé lo mismo. Un mes de convivencia y un mínimo de historias intercambiadas. Bueno, ¿cuánta historia podía caber en esa pequeñez?

La australiana no entendía un cuerno de mundos superficiales. Se dedicaba a hacer bien esas tres cosas que sabía hacer bien, y se jactaba de ello.

Sufría los protocolos de traje, amaba los antros escondidos y las largas sesiones de capoeira.

No soñaba con la paz mundial. Era feliz pensando en una colina africana y un acompañamiento musical (y quizás alguno africano también).

Leía las bondades de la gente. No le importaba socializar con quien no pasara ese test. Tenía un escudo con desarrollo histórico, casi un callo creado por sus breves años de mucha vida.

Llegaba cada tarde regalando sonrisas y comida vegetariana.

Me analizó hasta que dejó resquebrajar el escudo. Me escuchó, prestó atención a mis miserias y debilidades. Hasta que un día me lo dijo: “I think we have a great connection”. Me abrazó. Sería el alcohol que ayudaba a su súbita apertura emocional, pero yo no pude evitar sentir que era uno de los grandes logros de mi vida.

Ahí fue entonces que me contó de la aldea hippie con sus viejos, del cáncer que la dejó sin hermana, de su ex echándola de su propia casa, de su vieja, del abrazo con su viejo después del divorcio, de las sustancias prohibidas, de la van, de los graffities, del arte, de la ropa, del mar, de Japón, del eclipse, de que era absolutamente inútil hacerse la cabeza. It just doesn’t matter, me decía. Don’t worry. Somehow, it’s gonna be OK.

Un día me llevó a caminar por Trieste y terminamos con mi pelo largo, con mi argentina desconfianza (al menos temporalmente) y con muchos preceptos sociales idiotas. Nos reímos hasta el cansancio de todas las ridiculeces circundantes, cerramos los ojos y disfrutamos con placer absoluto lo genial que puede ser la vida a veces, o muchas veces.

No se quiso despedir. Me quedé despierta, para no perdérmelo, con la interna esperanza de que fuera a decirlo. Pero sólo agarró su mochila, dijo un breve “see you” y salió corriendo por la escalera.

Sé que anda dando vueltas por Asia, que no encontró al japonés de su vida, que sigue adorando Australia, que vio el eclipse y que ya llegará a la India. También sé que la vida puede ser genial, a veces, o muchas veces.

jueves, 18 de marzo de 2010

lunes, 8 de marzo de 2010

sueltos.

Me dijo que podía estar bien en cualquier lugar, siempre y cuando estuviese bien adentro. “Acá”, se señalaba, llevándose las manos al pecho.
Me buscó, por Buenos Aires, por el sur, por su vida y la mía.
Me observó y me dio lo que necesitaba. Un par de videos en youtube, una llamada y un aparecimiento en lugar y momento justos.
Estaría bueno verte y “hablarmonos”, decía el mensaje que me despertó aquella mañana.

En el bar me dijo que estaba cansado de amores efímeros. Que estaba seguro de lo que sentía... pero no estaba seguro de quedarse en este lugar. “Otra vez sopa” pensé, nada más que está vez estoy un poquito más complicada. Mi emocionalidad física es incareteable.
Me dijo que el amor crece, y necesita tiempo. Pero él no lo tenía. Pero no me quería dejar de ver. Pero me entendía. Y me quemó el cerebro. O lo que queda de él.
Lo escuché y no lo entendí. Entendí que ninguno de los dos acepta su naturaleza solitaria, y a veces parece que ciegamente la negamos. Entendí que no es una persona de veredictos amorosos firmes. O al menos que les escapa con mucha retórica barroca. Como yo.
Me encantás, mucho. ¿Pero cuánta seguridad me puede dar un nómade? “Vos también lo sos”, sentenció. “Si me quedo acá, no sé si vos te vas”. Ok, tenés un punto.

Vidas fugaces, profundas amistades de días, enseñanzas de hostel, dedo, micro y tren. Y ese deseo incontenible e inagotable de irse. De ir, conocer, de ver. O de ir, y volver. Pero ¿adónde? “Es que son inalcanzables”, me repite mi amiga, como con la intención de tatuármelo en mi necia mente.

Me dijo que prefería vivir el momento a quedarse con la duda de lo que podría haber sido. Siempre fue mi filosofía, le dije. Pero por una vez en mi vida tengo que pensar en algún tipo de escudo de mi sentimentalismo.

Así que acá estoy de vuelta, como al principio. Sentada frente a la pc, escribiendo. Porque estar online es estar solo. Es tener una relación virtual. Añorar algo que no sucede. Entonces decidí juntarme con cosas más reales. Como un jardín con flores y un cigarrillo, ponele. Como ahora. Por eso los dejo, algo real me está esperando.

viernes, 26 de febrero de 2010

Un encuentro.

Medianoche. Se bajaron del 113 en Neuquén y Gavilán. Lo que quedaba de ellos después del recital de AC/DC se arrastraba por Neuquén en busca de algo que saciara su sed. El sonido de la noche, de la calle vacía, de las hojas de los árboles húmedas de clima porteño los ayudaba a mantener la mente en blanco, a seguir su camino automático hacia algún refugio que les permitiera procesar tu éxtasis musical.

“Hey! Vos”, escucha. Nico se dio vuelta. “Sí, vos, vení”. No lo dudó.
A medida que cruzaba la calle y se iba acercando, intentaba mantener la calma, centrarse, ubicarse entre su excitación post-recital, su traicionera vista, y su inocultable cansancio. Pero lo que tenía enfrente no era una visión, era real.
Ahí, esperando el 106 estaban ellas. Estaba Ella. Se observaron, se analizaron. Conversaron, o no conversaron. Su mente creó un millón y medio de medios y combinaciones posibles que lo pudieran llevar a un exitoso secuestro y retorno feliz. O al menos a una birra esporádica. Vio como el reflejo de las amarillentas luces del barrio creaban una perfecta combinación, casi poética, con su pelo rubio cubriendo sutilmente sus hombros despojados. Vio sus ojos, tímidos pero audaces, reflejar su expresión de disimulo forzado, penetrar su mente, hasta apoderarse completamente de ella para viajar juntos, lejos, donde la medianoche porteña los llevara.
Se sonrieron. Admiraron mutuamente sus voces. Desearon conocer en detalle el perfume del otro.

Y llegó el 106. “Disculpame, me tengo que ir…” y se subió. Él, intentando volver del viaje juntos, no pudo comprender el mensaje. La observó alejarse sola, mientras sus últimas palabras seguían retumbando entre ruido de colectivo y de viento nocturno: “vivo a la vuelta de tu casa…”

martes, 29 de diciembre de 2009

Última versión testimonial sobre el porqué de la vida

Computadora y mate. Más papeles que escritorio, la misma vista del mismo cielo con la misma humedad y las mismas preguntas que el resto.
Alguna vez lo escuché decir que vivimos insertos en la misma máquina, todos, grandes, chicos, lindos, feos, pobres y ricos. También experimenté esa igualdad en varias oportunidades: cuando nos estamos por ir de algún lugar, todos escatimamos papel higiénico, regalamos fideos y shampoo sobrantes y hacemos las mismas promesas. Lloramos las mismas lágrimas y reímos las mismas emociones.

“Y sí…es inevitable que los días vuelen. Que los años pasen. No es triste, todo lo contrario. Me voy acercando a la verdad. No se a cuál, pero me voy acercando! y eso me gusta”. Pucha que tenía razón mi hermanita. Me dejó pensando desde mi silla giratoria con puerta giratoria a la vista. No somos uno más, tampoco uno menos. Es relativo, quizás algún día lo seamos. Con vértigo, con ceguera y con conciencia random sigo observándolo. Tenemos la fecha de vencimiento sellada… quizá no en el rostro, pero en algún lugar está.

“Esto no es vida” escucho a diario. ¿Entonces qué es? Yo me lo pregunto, vos también. No tengo la respuesta, vos tampoco. Quizás en algún momento tuvimos, tuve o tuviste una pequeña visión de lo que podía llegar a ser y a veces lo extrañás. No sabés a qué, pero lo extrañás. “De verdad… no sé lo que quiero” me dijeron en alguna híper apertura de sinceridad. ¿Sigo estudiando? ¿El mundo está equivocado o soy yo? ¿Sigo buscando respuestas? ¿O me dedico a la cocina?

Sentir el sol en la cara, el frío en las manos, el calor de un abrazo, el dolor de panza de una gran carcajada o el éxtasis de unas buenas líneas. Vivir. Pequeñeces burguesas, me dijeron. Mínimas felicidades pasajeras.

Evadimos, escapamos, cerramos los ojos, a veces nos pegan una patada y los entreabrimos. La gente te ve bien, te ve mal. La procesión va por dentro. Creo que lo único que entendí después de vivir muchas cosas para recordarlas y ser feliz es eso.

Mientras tanto, el río te va llevando. Pasan los días, los amigos, los laburos, los colectivos y se te escapan las tortugas.
Coincido. Alguien debe haber pensado todo esto. Puede haber sido barbudo, Allah o Jehová (o sólo un testigo) pero por algún lado anda, o anduvo. Y nos tiró el fardo a nosotros.

Es que las soluciones definitivas no existen. Por suerte, sino sabríamos el final del reality. No esperen grandes respuestas desde un blog, yo tampoco las tengo. Solamente lo decía… recuerden que esto es testimonial: si me conviene, asumo.

Nota: remitirse a eljuegodepalabras, "última versión fraudulenta sobre el porqué de la vida"

sábado, 12 de diciembre de 2009

Para quererte mucho, Varón

Y la lluvia cruzando el Puente de la Mujer. Y la lluvia en el barcito de juegos en Devoto. Y la lluvia hoy.
Me permití contestarle y afanarle algunas frases de vez en cuando, como intertextualidad, vio?

Recorrimos Buenos Aires, tomamos jugo, nos reímos hasta doler la panza.
No sé por qué, pero le confesé mis verdades. Le abrí el alma. Y no opuso resistencia, aunque en algún punto le doliese.
Quizá fuese por su pasión por la vida, por su simpleza, por sus complejidades o su mente hiperramificada, que converge siempre en ese punto. Tiene un carisma crudo, suave, que lo hace ser admirado, acompañado y solitario.

Escucha con pasión, vive todas las historias, observa con atención, admira los detalles, los momentos y las sensaciones. Hablamos de locura, de amor y de muerte. De hijos y de viajes. De trabajo y de canciones. Lo ví soñar, lo ví cantar, lo ví despeinarse en Colonia. Lo ví observarme como nadie, lo ví desnudarme con la mirada.

Se autoinvitó a mi viaje, me dedicó las palabras que toda mujer sueña toda su vida que le digan, me dedicó tardes y quiso dedicarme noches.

Me acompañó, me recordó para qué estamos acá. Me gritó que me quería desde su escritorio en el trabajo, me vio lejana y me imaginó cercana. Alguna vez me apuró, también.

Me hizo llorar a la mañana, me hizo sonrojar y me hizo feliz.

Siempre me pregunté por qué, me cuesta entenderlo. Un día pensé que su sensibilidad tenía algún punto femenino en el cual su error es el mismo que el nuestro: no sabe elegir. Entonces, de alguna manera, elige caminar solo. Seguir escribiendo sus utopías y viviendo sueños propios y ajenos, imaginando historias, regalando lecciones y reflexiones. “La vida es como un jean” me dijo, en un arranque de sabiduría una de mis amigas, en una charla que lo tenía de coprotagonista. “Bien de piernas, mal de caderas. ¡Carajo! Nunca nada es completo”.

Lo quise ayudar, hasta que me dí cuenta que mis consejos eran inútiles. Iba a escuchar lo que quería. Su felicidad viaja por otro lado. Es un admirador de la belleza. Hay algo más que lo completa, y eso es algo que tengo que entender yo.

domingo, 6 de diciembre de 2009

Blümchen

Admiradora de objetos mínimos. Amante de señores. Apasionada, libre, cuerda y demente. Masoquista intelectual. Colgada de la palmera. Musa inspiradora.
Se regocijaba hasta el éxtasis absoluto con una buena clase de filosofía. Llenaba sus pulmones de naturaleza y sus ojos de fotografía.
Creía, con una variable convicción interna, que otro mundo era posible y lo hacía funcionar, de alguna manera, a su alrededor.
Nunca terminó de descifrar el código masculino, era consciente de ello y eso la fascinaba.
Disfrutaba enormemente examinar los detalles de las aventuras sexuales de su mundo circundante. A veces no medía el efecto de la combinación de su cuerpo, su actitud y sus dichos. Quién no se vio alguna vez excedido por sí mismo.

Vivió sus tragedias temprano, e intentaba dejar de reproducirlas, tarea difícil para una mente hiperactiva. Es que la búsqueda del arte, esa aventura terrorífica que la llevaba a la constante búsqueda de regiones inexploradas, amenazando a su alma con la muerte terrible a cada giro, convertía a su existencia en parte de ese film sin final determinado.

Un día hablamos de la muerte. No quiere, no queremos morir sin ver la India. Sin pasar más noches en velo en Mar del Plata, sin tomar té 5 veces por día, si caminar por horas sin rumbo, sin compartir niveles más abstractos de conciencia, sin mirar aquella película, sin musicalizar aquellos momentos, sin dejar de sentirse plena un instante, sin olvidar para qué está y sin dejarse llevar por el espiral tramposo de la cotidianeidad.

Me abrió las puertas de su casa, su vida y su alma. Rió y lloró conmigo. Me retó, me halagó, se avergonzó. Salimos, entramos, soñamos, planificamos, filosofamos y compartimos… mucho.

Dentro de su complejidad sólo buscaba simpleza. Quizás encontrar parte de su yo en el reflejo de otra alma que le proveyera paz a su floreciente existencia. Es que con proporcionar paz a otros no le alcanzaba.

A veces no sé qué haría sin ella. Sin la charla contenedora a las 3 am, sin ese mundo simbólico – y real- compartido, sin su espacio en mi alma.

Gracias, Blümchen. Ojalá estas líneas te devuelvan alguna visión del mundo que me mostraste.

lunes, 9 de noviembre de 2009

Dichosa línea D

Salí de la universidad, en mi cotidiana vorágine intentando escapar musicalmente de las heridas de la ciudad. Mi burbuja y lo que quedaba de mí nos sentamos en el breve trayecto de la combinación de subte, procurando llegar al final sin dormirme en el camino. Próxima estación: Moreno. Se abren las puertas.
1,90m, rulos, ipod, pantalón a rayas, campera marrón y mochila. No pude dejar de mirarlo. Se ubicó al lado mío. No podía mirarlo.
El efímero recorrido que quedaba hasta la estación final y combinación con línea D estuvo lleno de fantasías, luego dudas, luego frágil desesperación y finalmente un impulso. Se abrieron las puertas nuevamente. Salió corriendo hacia la combinación con línea D, la que tantas veces me llevó a Plaza Italia.
Tanto corrió que tropezó en la escalera mecánica, lo que no le impidió alejarse a toda velocidad de lo que fuese que dejaba detrás. Tampoco impidió que yo siguiera cada uno de sus pasos, con la imbécil esperanza de visualizar su cara entre la muchedumbre porteña y poder saciar mi sed de resolución de dudas- o de masoquismo esporádico.
La maratón subterránea por la combinación de la línea D duró lo que duran dos peces de hielo en un whisky on the rocks. Estuvo llena de taquicardia, recuerdos, ansia, adrenalina y enigmáticos ecos. Sentí un abrazo apretado durante la hora pico, un susurro al oído, una mirada llena de esperanza, una caricia contenedora y una lágrima de despedida.
Se escabullió estratégicamente entre la multitud en constante pelea por un espacio en el transporte. Lo encontré. Me ubiqué en la aglomeración de la puerta de al lado, en mi persistente intento por descifrar su cara. El subte llegó, se abrió la puerta, entramos. Lo volví a perder para siempre.

domingo, 4 de octubre de 2009

Del Polo Norte al Polo Sur, y viceversa (¿o viceversa?)

Me levanto a la mañana, como siempre, llego al trabajo corriendo, como siempre. Miro por la ventana. Del otro lado de esas colinas estaba Eslovenia. En unas horas tenía que ver un paisaje absolutamente distinto.

Tenía un bolsito conmigo “e tu ragazza… ¿non avevi un aereo da prendere oggi?” sí, me lo tengo que tomar en Treviso. “Ma oggi c’è sciopero generale di trasporto in tutta l’Italia!” ¡¡¡Qué bella Italia!!! Pensé. El día que me gasté mis escasos ahorros en un pasaje low-cost de fin de semana, una huelga general de transporte no me deja llegar al aeropuerto a 100 km de mi ciudad.

Las relaciones públicas y la verborragia de Giuliana esparcidas por toda la empresa me encontraron una camioneta que iba exactamente ahí. O casi. Pasado el mediodía empezó mi travesía.

Recorrí las rutas italianas, conocí ciudades, tomé café, me hice una amiga, me ofrecieron trabajo.

Y llegué al aeropuerto. Yo, mi mochilita, mi muy evidente sonrisa y una ansiedad que me hacía latir el corazón a un ritmo casi musical.

Ví las luces, el archipiélago y me ví llegar. “Welcome to the capital of Scandinavia… welcome to Stockholm” me dijo la transparente azafata.

Medianoche. Cuando me bajé del micro lo ví. Cagado de frío y con una mochila más grande que él. Había esperado muchas horas.

“Hey”. Sonrisa. Estaba igual, parecía más cansado. Con más historia encima. Podía recordar su pacífica mirada azul invadirme. “Let’s go”.

No hacían falta más palabras. Nos sonreímos en el subte mientras nos dirigíamos a algún refugio.

Y ahí fue que recordé aquella mañana húmeda porteña cuando se me pegó en la universidad. Recordé la sonrisa, los comentarios, su timidez y el beso en el taxi. Los mails a la mañana, su inocultable sinceridad y su inocente alegría. Nos recordé de la mano por Buenos Aires, bailando en algún departamento, escapándonos y abrazándonos hasta perder el aliento.


Recordé las diferencias culturales, el vino, el hotel y la despedida.


Era él. Había venido. Yo había ido. O ambas. Ahora él era el local, o casi.


Me llenó de regalos. Sería la culpa. Me guió, me explicó, escuché sus historias, de Finlandia, de Suecia, de lo que lo confunde la vida planificada. Que él quiere una casa, un perro y un jardín. Pero hay algo más que no lo deja dormir. Caminamos hasta el cansancio. Nos acurrucamos en un café. Compartimos pizza y un Luigi Bosca. Me dijo que viviría en esa ciudad. Me preguntó si yo también. No sé. Debería probar, le dije.


Nos contemplamos, sonreímos y lo charlamos. Existe un sentido de pertenencia. Es hermoso conocerte.


A la mañana siguiente me dijo que el clima había vuelto a la normalidad. Corrimos bajo la lluvia hasta el puerto. Sonrisas nerviosas y abrazo. Fue la última vez que lo ví.


Me dijo que me vio alejarme cabizbaja desde la ventana del puerto. Que quería gritar. It’s ok, Philip, u know- simple life is an oxymoron.


Thank you for one of the best times in my life.

domingo, 20 de septiembre de 2009

Deux jours dans la vie

Medianoche en Montmartre. El brillo propio de la capital francesa nos daba una mano para olvidar el dolor de nuestros dedos congelados.
Algún Abdul improvisaba letras nostálgicas con una increíble voz de soportador de largas vidas, al son de la percusión africana frente a la visión nocturna de las luces parisinas.
Túnez era uno de esos personajes de la guerra, encontrables en cuevas subterráneas llenas de humo. Ni él sabía explicar bien a qué se dedicaba ni cómo había llegado ahí, ni cómo entendía y casi chamuyaba cualquier idioma ni mucho menos cómo le salía hacer el moonwalk a la perfección, y en bajada.
Me llevó a inspeccionar los rincones del barrio de los artistas mientras intentaba deducir mis debilidades y fortalezas.
Escuché un acento familiar. “Esos son argentinos” le dije. “¡Argentina!” gritó. Se dieron vuelta y se sumaron a nuestra filosofía barata nocturna. Estaban tan perdidos como nosotros.
Bajamos escaleras, encontramos algún rumbo y algún whisky y salimos a inspeccionar los inaccesibles ghettos de la noche de París. Nos reímos de su pornografía y actuamos Marilyn sobre una rejilla frente al Moulin Rouge.
Recorrimos sus calles en algún bondi-albergue de homeless people, admiramos sus puentes y su elegancia, nos saludamos y arreglamos volver a vernos.

La historia continuó. Compartimos almuerzos, admiración, complicidad, compañía y observamos la luna llena sobre París desde su más alta cumbre. Sentimos al viento congelarnos las mejillas y la posibilidad de entendimiento simultáneo de la belleza.
Esperamos a Sandra, nos refugiamos en un tributo a Luther King y disfrutamos de sus estufas. Intercambiamos experiencias de bares, de hijos, de lugares, de vida y de muerte. Intentamos explicar inentendibles diferencias culturales.

Túnez y yo nos escapamos a alguna cueva subterránea, a sentir las vibraciones de las trompetas y saxos de franceses que, casi disfrazados de the village people, compartían su música y su euforia con todo aquel que estuviese dispuesto a sonreírles.
Pero Túnez no tenía reglas sociales internalizadas. Me cansé y volví a buscar a los argentos.

Nos perdimos. Pero había encontrado mucho más de lo que yo misma podía entender en ese momento.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Doble v.

Pero a los ciegos no le gustan los sordos,

Y un corazón no se endurece porque sí

Ese día me vio laburando, como siempre, y no me volvió a sacar los ojos de encima.

Me leyó. Se dio cuenta de que mi vida en ese momento era un kamikaze, al que no convenía subirse ni por diversión.

Mantuvo su constante e inconstante presencia en la mínima, justa y necesaria medida.

Fue y vino, estratégicamente. Nunca habló más de lo debido. Conservó su línea oscura a rajatabla, dejando entrar algo de luz por alguna escondida grieta.

Me observó, me midió, me dio, me sacó, me hirió el orgullo.

Siempre llegaba al fondo de todos los asuntos. Todos. Casi no me deja margen de chamuyo. No pude utilizar mis usuales recursos de escondite frente a él. Tenía una inmensa facilidad para desnudar mi psiquis. Y todo lo demás también.

No se podía sacar de encima la sensación de que cada día podía ser el último, y así vivía.

La verdad es que nunca entendí qué era exactamente lo que hacía. Sé que soñaba con trabajar desde una playa tocando sólo un botón, que quería pasar sus quince días de vacaciones sin hablar y se autodefinía materialista dialéctico.

Tampoco llegué a saber demasiado de su vida. Le encantaba vivir como un pasajero, y demostrarlo.

Tenía una espectacular visión macro de todo, como un tipo con aspiraciones presidenciales. Pensaba en el todo, pero al fin y al cabo sólo en él.

Me dejó invadir temporalmente su solterón espacio vital. Lo divertía, y al mismo tiempo le daba algo de vértigo. Es que no podía perder ese control autocreado que invadía cada una de las esferas de su vida.


Nos debimos un café, un vino, una tarde haciendo nada y algunas confesiones.


Se despidió de mí en lentas cuotas meses antes de desaparecer definitivamente. Quiso ahorrarme el bizarro gusto amargo posterior a su partida, pero sólo logró prolongarlo.


“Tengo fecha de vencimiento” me advirtió. No lo quise escuchar. Era demasiado yin y yang como para hacerle caso.

domingo, 23 de agosto de 2009

Trieste

Trieste es una de esas ciudades europeas que tiene uno pero muchos dueños. Encierra a Italia, Austria, Eslovenia y a todo lo que fue pasando por el camino.
A juzgar por su turquesa costa que a diario da la bienvenida a barcos de alto rango, es un lugar acogedor, simple, sofisticado y elegante.
Dueña de uno de los rincones más preciosos del mundo, Trieste puede ser casa de tesoros romanos, heridas fascistas, secretos austro-húngaros y retazos de cortina de hierro.
Trieste es mar, es montaña, es vieja, amarga, húmeda, nueva y obsoleta. Genera pasiones extremas. Será porque soy porteña que no pude dejar de sentirme identificada con eso.

Te deja presenciar acalorados debates acerca de la teoría de la adueñación de los asientos de los bondis o de las posibilidades de transportarla a Venus. ¡Bailá! ¡Vení! ¡Volá! Es que Trieste liberó a su manicomio años atrás, para hacer a sus integrantes formar parte de su magia.

Desde el colectivo me ofrecía un golfo montañoso lleno de casas, subiendo sus colinas mientras se me tapaban los oídos en mi camino a la facultad. También me ofrecía spritz, medusas y cuevas de diásporas interdependientes. Entre sus largas calles monótonas y sus escondidos pedazos de parques trepados en las colinas, escondía un rincón argento, al que fui a saciar mi sed de empanadas alguna vez.

La vi amanecer y anochecer, la vi vacía e invadida de gringos, la vi festejar llegadas y suspirar despedidas, la vi albergar criaturas nocturnas, castillos medievales y cuentos de princesas. Vi a su sol dar vida a su mar, y a su invierno ocultarlo todo.
La sentí emocionarme hasta las lágrimas y echarme con su crudo clima.
Trieste me dio alegrías, me dio frío, insomnio y me regaló gente mágica.

Setenta años atrás, fue la casa de mi familia. La Gran Guerra los hizo partícipes y protagonistas de la destrucción de sus esfuerzos, de sus sueños y sus vidas.
Ahora me tocaba a mí. Ahora Trieste era mi casa que, renacida, me ofrecía otra oportunidad.

sábado, 22 de agosto de 2009

Berlin 4 am


Las jam sessions habian muerto, al menos para nosotras, pero aún quedaba un largo camino por recorrer y un chancho del cual escapar.


Éramos las dueñas momentáneas del túnel del subte. Había que disfrutarlo, o sobrevivirlo.

En eso primero sonó una armónica. Recuerdo que cruzamos nuestras ausentes pero presentes miradas entendiendo que en ese momento tan sólo existía ese sonido entre todos.


Creo que lo que presenciamos fue uno de los mejores recitales de nuestras vidas. No sólo se sumaron instrumentos improvisados, sino también voces, aplausos, miradas y declaraciones dando color y vida a Babel.


Sumida en esa vorágine de éxtasis compartido, entre las vibras del tren, del sonido, del calor de Berlín hibernal sonaron las palabras en mis oídos… “ a veces uno puede odiar tanto a la humanidad… pero puede llegar a ser tan hermosa…”

lunes, 17 de agosto de 2009

El joven manos de tijera

Palermo, 11 am. Mi peluquero no estaba.

“Podés sacarte otro turno… O te puedo cortar el pelo yo”, me dijo. Dudé. La cabeza no se le entrega a cualquiera, decía María Antonieta.

Dudé más (soy mujer). Dí vueltas, me tomé un café. Sus tatuajes me convencieron. Bueno, y todo lo demás también.

Era Liam Gallagher versión peluquero. Casi un mono con navaja con un charm indescriptible.

“Bueno, pasá por acá, sentate…” me moví como quien camina por la milla verde. En todos los sentidos. “¿Qué vamos a hacer?” preguntó. La pregunta más fácil del mundo con tantas respuestas… pensé.

Movía sus manos alrededor mío como si cuidase de una reliquia de vidrio. Sentía la sutileza del roce de sus dedos acariciar mi pelo con una suavidad muy poco usual para ser hombre. Su cercanía me permitía percibir su absolutamente seductor perfume… comentario que no me reservé, dada mi naturaleza desfiltrada.

No ahorró elogios a mi ojerosa cara de laburante. Para él, merecía ser mostrada, lo que se convirtió en su objetivo del día. El resto de los peluquería-asistentes observaba con sorpresa como la piba no se inmutaba al ver su lacia cabellera desaparecer entre las tijeras del Gallagher argento.

Y nos dieron las 10 y las 11, las 12 la 1 y las 2 y las 3. La sesión duró bastante más de lo que dura un corte usual. Será por su obsesión de perfección o la mía. Así fue que me retiré del local, con mi macho-look, con 40 pesos menos en el bolsillo y un “hasta pronto hermosa” resonando en mis oídos.


Moraleja: Qué barato nos hacen felices. Nunca aprenderé.